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Vol. 11 | Núm. 3
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La inactividad física constituye uno de los principales problemas de salud pública a escala mundial. Se estima que aproximadamente un tercio de la población adulta no alcanza las recomendaciones mínimas de actividad física establecidas por la Organización Mundial de la Salud (OMS), que aconsejan realizar al menos 150 minutos semanales de actividad aeróbica. Frente a esta situación, el ejercicio físico representa una herramienta fundamental para la prevención de enfermedades y la promoción de la salud, debido a sus efectos beneficiosos sobre los sistemas cardiovascular, metabólico, musculoesquelético e inmunitario1.
La relación entre ejercicio físico y función inmunitaria es compleja y depende de factores como la intensidad, la duración, la frecuencia y la recuperación entre sesiones. La evidencia científica indica que sus efectos no siguen una relación lineal, sino que pueden representarse mediante una curva en forma de «J». Según este modelo, la práctica de ejercicio a cargas excesivas y prolongadas puede generar alteraciones transitorias en determinados mecanismos inmunitarios y aumentar la susceptibilidad a las infecciones2.
Esta relación adquiere especial relevancia en el deporte de alto rendimiento, donde las elevadas demandas fisiológicas pueden coincidir con una exposición ambiental continuada a temperaturas extremas, alérgenos, contaminantes e irritantes respiratorios. En este contexto, el análisis de la respuesta inmunitaria debe complementarse con el estudio de la integridad de la vía aérea, particularmente por la frecuencia de patologías como el asma y la broncoconstricción inducida por el ejercicio (BIE)3,4.
Por tanto, comprender los mecanismos mediante los cuales las distintas cargas de entrenamiento modifican la inmunidad y la función respiratoria resulta esencial para optimizar la planificación deportiva, prevenir complicaciones y favorecer la detección precoz de alteraciones clínicas5,6.
La intensidad y la duración del ejercicio influyen en la respuesta inmunitaria. Por ello, se distinguen cuatro modalidades: baja intensidad, intensidad moderada, alta intensidad en intervalos y alta intensidad prolongada2.
La práctica de ejercicio físico de baja intensidad (paseo tranquilo, yoga suave, movilidad articular, estiramientos…) puede ejercer efectos beneficiosos sobre el sistema inmunitario, contribuyendo a mantener el equilibrio de las defensas del organismo. Este tipo de actividad favorece la producción de citocinas antiinflamatorias, que ayudan a modular la respuesta inmunitaria y controlar los procesos inflamatorios. Asimismo, puede mejorar la secreción de inmunoglobulina A (IgA) salival, un componente esencial de la inmunidad de las mucosas que constituye una primera barrera frente a la entrada de microorganismos patógenos por las vías respiratorias y digestivas. Además, el ejercicio de baja intensidad puede favorecer la actividad de las células dendríticas, implicadas en la presentación de antígenos, y de los linfocitos T, fundamentales para coordinar la respuesta inmunitaria adaptativa. En conjunto, estos efectos contribuyen al mantenimiento de una respuesta defensiva equilibrada, aunque su magnitud depende de factores como la duración de la actividad, el estado de salud y las características individuales2.
El ejercicio físico de intensidad moderada (caminar a paso ligero, ciclismo suave, natación continua a ritmo cómodo, baile moderado…) ejerce efectos beneficiosos sobre la función inmunitaria, al favorecer la actividad de diferentes células implicadas en la defensa del organismo. Entre ellas destacan los neutrófilos, cuya capacidad fagocítica y bactericida resulta esencial para identificar y eliminar agentes patógenos. Asimismo, la actividad física regular contribuye a modular la función de los linfocitos T y la coordinación entre la inmunidad celular y humoral, favoreciendo una respuesta defensiva equilibrada.
Otro aspecto relevante es la posible influencia del ejercicio sobre las inmunoglobulinas. La práctica habitual de actividad física moderada se relaciona con cambios en las concentraciones de IgA, IgG e IgM. La IgA desempeña una función fundamental en la protección de las mucosas respiratorias y digestivas, mientras que la IgG y la IgM participan en el reconocimiento y la neutralización de microorganismos en la respuesta inmunitaria sistémica. El mantenimiento de estas defensas resulta especialmente importante para conservar la capacidad del organismo de responder a las infecciones.
Además, algunos estudios sugieren que mejora la respuesta a las vacunas, con mayor producción de anticuerpos tras la inmunización. Sin embargo, estos efectos dependen de factores como la edad, el estado de salud y las características del entrenamiento.
Por último, el ejercicio moderado interviene en la regulación de los procesos inflamatorios. Entre los mecanismos implicados se encuentra la interleucina-10 (IL-10), una citocina con propiedades antiinflamatorias que contribuye a limitar respuestas excesivas y mantener la homeostasis inmunitaria.
En conjunto, estos efectos respaldan el papel de la actividad física de intensidad moderada regular como estrategia complementaria para promover la salud y el funcionamiento adecuado del sistema inmunitario2.
El HIIT (entrenamiento de series de sprints con descansos, intervalos rápidos de ciclismo, series de natación de alta intensidad con pausas…) produce modificaciones relevantes en la respuesta inmunitaria, especialmente mediante la movilización de neutrófilos y células asesinas naturales (NK), aumentando la capacidad de defensa inmediata. Los primeros participan en la identificación y eliminación de patógenos, mientras que las células NK intervienen en la defensa frente a células infectadas por virus y células alteradas.
El HIIT también puede influir en la función fagocítica y la quimiotaxis de los neutrófilos, así como en la concentración de IgA salival, que contribuye a proteger las superficies mucosas frente a la entrada de microorganismos.
Por otra parte, este tipo de entrenamiento puede reducir las subpoblaciones de monocitos proinflamatorios y favorecer la polarización de macrófagos hacia un fenotipo antiinflamatorio (M2). Además, se ha observado una disminución de la inflamación crónica de bajo grado mediante la reducción de interleucina-6 (IL-6), el factor de necrosis tumoral alfa (TNF-α) y la IL-10.
Por ello, la planificación individualizada resulta esencial para favorecer las adaptaciones al entrenamiento y evitar que la acumulación de esfuerzos comprometa la recuperación fisiológica2.
El ejercicio físico intenso y prolongado (carrera continua a ritmo elevado, ciclismo de competición, natación de larga distancia a ritmo intenso, pruebas de resistencia de alto nivel…) puede desencadenar una respuesta de estrés fisiológico que altera temporalmente diversos componentes del sistema inmunitario. Aunque inicialmente aumenta el número de neutrófilos circulantes, este incremento no implica necesariamente una mayor eficacia defensiva, ya que puede acompañarse de cambios en su capacidad fagocítica. Asimismo, se ha descrito una disminución transitoria de la actividad citotóxica de las células NK, que en determinadas circunstancias puede persistir hasta 24 horas después del esfuerzo y modificar temporalmente la respuesta frente a células infectadas y células tumorales.
También pueden producirse variaciones en las concentraciones de inmunoglobulinas, especialmente de IgA salival, relevante para la protección de las mucosas respiratorias. A ello se suman modificaciones en la actividad de los linfocitos T y en la concentración de mediadores inflamatorios, como la IL-6 y el TNF-α.
La intensidad de estos cambios depende de la duración del esfuerzo, la carga acumulada y las condiciones de recuperación2.
Los deportistas de resistencia y quienes están expuestos habitualmente a contaminantes, alérgenos o irritantes respiratorios pueden presentar alteraciones de las vías respiratorias, entre las que destacan el asma y la BIE. Esta última se caracteriza por un estrechamiento reversible y transitorio de las vías aéreas durante o después del esfuerzo físico.
Esta condición puede afectar tanto a personas con asma como a individuos sin antecedentes ni diagnóstico de dicha enfermedad. Aunque ambas entidades pueden coexistir, deben distinguirse clínicamente: la aparición de tos, disnea o sibilancias durante el ejercicio no confirma por sí sola la presencia de asma crónica. Del mismo modo, la ausencia de síntomas en reposo no excluye la existencia de una respuesta broncoconstrictora asociada al esfuerzo.
La BIE está presente en aproximadamente el 70-90 % de los pacientes diagnosticados de asma, especialmente en aquellos con formas más graves o con un peor control de la enfermedad. Asimismo, se estima que afecta al 5-20 % de las personas sin diagnóstico previo de asma.
Por otra parte, la aparición precoz de BIE en jóvenes deportistas sin asma podría constituir un posible factor de riesgo para el desarrollo de esta enfermedad en etapas posteriores de la vida3,4.
La fisiopatología de la BIE es multifactorial y está condicionada por la duración e intensidad del esfuerzo, la ventilación minuto, las características ambientales y la susceptibilidad individual. Tres modelos principales —la teoría térmica, la teoría osmótica y la teoría del microtrauma epitelial recurrente— permiten explicar los mecanismos implicados. No son hipótesis excluyentes, sino procesos complementarios que pueden actuar simultáneamente5.
Durante el ejercicio intenso, el aumento de la demanda de oxígeno incrementa notablemente la ventilación pulmonar y favorece la respiración bucal. Esta vía de entrada reduce el calentamiento y la humidificación del aire inspirado que normalmente proporcionan las fosas nasales. Como consecuencia, la inhalación de grandes volúmenes de aire frío y seco favorece el enfriamiento y la deshidratación de la mucosa bronquial.
Como respuesta a la pérdida de calor, se producen cambios vasculares en la circulación bronquial. Durante la recuperación, cuando las paredes de las vías respiratorias recuperan su temperatura habitual, puede aparecer una hiperemia de la microvasculatura bronquial. Este aumento del flujo sanguíneo puede modificar la permeabilidad vascular y favorecer la aparición de edema en la pared de la vía aérea.
La combinación de estos cambios con la contracción del músculo liso bronquial reduce el calibre de las vías respiratorias y puede desencadenar una respuesta broncoconstrictora5.
La teoría osmótica propone que el incremento de la ventilación durante el ejercicio favorece la deshidratación de la mucosa respiratoria, especialmente cuando el aire inspirado es seco. La pérdida de agua aumenta la osmolaridad del líquido que recubre el epitelio y modifica el volumen de las células epiteliales.
Estos cambios estimulan la activación de mastocitos y eosinófilos y la liberación de mediadores como la histamina, las prostaglandinas y los leucotrienos. Estas sustancias intervienen en la respuesta inflamatoria dando lugar a la contracción del músculo liso bronquial, reduciendo el calibre de las vías respiratorias y dificultando el flujo aéreo5.
La exposición repetida a una ventilación elevada puede contribuir a alterar la integridad de la barrera epitelial respiratoria. La deshidratación, los cambios térmicos y el estrés mecánico pueden favorecer pequeñas lesiones, incrementar la permeabilidad y facilitar fenómenos de exudación plasmática. Estas alteraciones afectan a una estructura cuya función es proteger las vías respiratorias frente a partículas, microorganismos e irritantes.
Cuando los estímulos se repiten sin una recuperación suficiente, los procesos de reparación pueden acompañarse de modificaciones en la estructura y la función de la vía aérea. Entre las posibles consecuencias se encuentran los cambios en la matriz extracelular, las alteraciones de las propiedades contráctiles del músculo liso y una mayor hiperrespuesta bronquial5.
Uno de los principales problemas de la BIE es su infradiagnóstico. Los deportistas pueden presentar tos, disnea, sibilancias, opresión torácica o una recuperación respiratoria más lenta después del esfuerzo. Sin embargo, estos síntomas son inespecíficos y pueden confundirse con la respuesta fisiológica normal al ejercicio intenso, una limitación del acondicionamiento físico u otras enfermedades respiratorias y cardiovasculares.
En algunos entornos deportivos existe una tendencia a normalizar las molestias respiratorias, tanto por parte de los propios atletas como de sus entrenadores. La percepción de que la dificultad respiratoria forma parte inevitable del esfuerzo puede retrasar la consulta médica y prolongar el periodo durante el cual los síntomas permanecen sin evaluar.
La ausencia de síntomas en reposo tampoco excluye la BIE, ya que la alteración puede manifestarse principalmente cuando aumenta la ventilación. Por ello, la valoración debe recoger cuándo aparecen las molestias, cuánto duran, qué intensidad de ejercicio las desencadena y si se relacionan con ambientes fríos, secos o con exposición a irritantes. La historia clínica permite orientar la investigación, pero la confirmación diagnóstica requiere pruebas objetivas que evalúen la respuesta de la función pulmonar5.
La prueba de hiperpnea voluntaria eucápnica constituye una herramienta de referencia para evaluar la BIE, especialmente en deportistas de alto rendimiento. Durante el procedimiento, la persona hiperventila una mezcla de gas seco que contiene aproximadamente un 5 % de dióxido de carbono (CO₂), con el objetivo de mantener la eucapnia y evitar una reducción significativa del CO₂ sanguíneo durante la hiperventilación.
El protocolo descrito habitualmente contempla una duración aproximada de seis minutos y mediciones espirométricas antes y después del estímulo. Se registra especialmente el volumen espiratorio forzado en el primer segundo (FEV₁), que permite cuantificar los cambios en la función pulmonar. Una disminución del FEV₁ igual o superior al 10 % respecto al valor basal se considera compatible con una respuesta broncoconstrictora positiva, según los criterios empleados para esta prueba6.
En los pacientes con asma atendidos habitualmente en la práctica clínica, la inflamación de tipo 2 (T2) constituye uno de los patrones inflamatorios más frecuentes. Se caracteriza por la participación de citocinas como la interleucina-4 (IL-4), la interleucina-5 (IL-5) y la interleucina-13 (IL-13), y puede manifestarse mediante distintos fenotipos, entre los que se incluyen el alérgico, el eosinofílico y la combinación de ambos. Estas citocinas intervienen en la activación y el mantenimiento de la respuesta inflamatoria, favoreciendo el reclutamiento de eosinófilos, la producción de IgE y la hiperreactividad bronquial. Como consecuencia, pueden producirse síntomas respiratorios recurrentes y alteraciones de la función pulmonar. No obstante, el asma presenta una elevada heterogeneidad clínica y fisiopatológica, por lo que no todos los pacientes muestran el mismo perfil inflamatorio ni responden de igual manera al tratamiento7.
En los deportistas, la respuesta inflamatoria de las vías respiratorias está condicionada por las características de la disciplina practicada, las demandas ventilatorias y las exposiciones ambientales asociadas. A diferencia de los patrones inflamatorios descritos habitualmente en pacientes con asma, algunos deportistas pueden presentar respuestas inflamatorias relacionadas con la exposición repetida a irritantes y con el estrés mecánico y térmico de la vía aérea, incluso sin antecedentes de asma.
La exposición crónica a irritantes respiratorios, como las cloraminas presentes en el agua y el ambiente de las piscinas, se ha relacionado con alteraciones bronquiales y con un patrón inflamatorio mixto, caracterizado por el predominio de mediadores de origen neutrofílico, como el leucotrieno B₄8-10. La mejoría de los síntomas tras interrumpir la exposición respalda la contribución de estos agentes al desarrollo de alteraciones respiratorias adquiridas y pone de manifiesto la importancia de identificar y reducir los factores irritantes en el entorno deportivo11.
De forma similar, la exposición continuada al aire frío y seco, especialmente durante actividades que requieren una elevada ventilación pulmonar, puede incrementar el estrés térmico sobre la mucosa respiratoria. Este fenómeno se ha asociado con alteraciones de la matriz extracelular y un predominio de la inflamación neutrofílica, hallazgos que sugieren posibles modificaciones de la estructura bronquial y de los mecanismos de reparación tisular. Cuando estas agresiones se repiten, podrían favorecer la persistencia de las lesiones y contribuir al remodelado de la vía aérea, aunque su desarrollo depende de factores individuales y ambientales, así como de la exposición acumulada12,13.
Estos mecanismos inflamatorios pueden acompañarse de alteraciones en la integridad del epitelio respiratorio, cuya función protectora resulta esencial para mantener la homeostasis de las vías aéreas. La exposición reiterada a irritantes y las elevadas demandas ventilatorias pueden comprometer esta barrera, favoreciendo la descamación epitelial y el aumento de biomarcadores relacionados con la inflamación y el daño tisular, como la interleucina-8 (IL-8)14,15.
Asimismo, en los deportes de resistencia aeróbica prolongada se ha descrito una elevación de la proteína CC-16, biomarcador asociado a la integridad del epitelio respiratorio que puede reflejar la lesión aguda inducida por el esfuerzo sostenido. El análisis conjunto de estos biomarcadores puede contribuir a caracterizar la respuesta respiratoria al ejercicio y a explorar posibles diferencias entre deportistas con asma, atletas con BIE sin asma diagnosticada y deportistas sin alteraciones respiratorias conocidas16.
En conjunto, estos hallazgos evidencian la interacción entre las exposiciones ambientales, la respuesta inflamatoria y el daño epitelial. Aunque los biomarcadores permiten investigar estos procesos y comparar respuestas entre situaciones de ejercicio, sus concentraciones deben interpretarse en función del momento de medición, las condiciones del esfuerzo y las características individuales. Un cambio aislado no demuestra por sí solo una enfermedad respiratoria crónica ni permite establecer la existencia de daño pulmonar permanente.
Más allá de estos mecanismos, la evidencia disponible obliga a replantear el impacto clínico del ejercicio de alta intensidad sobre la salud respiratoria del deportista, especialmente en aquellos que se someten a cargas de entrenamiento elevadas de forma continuada. El asma y la BIE no deben considerarse hallazgos marginales, sino entidades clínicas relativamente frecuentes que pueden pasar desapercibidas en la práctica habitual. Su infradiagnóstico se ve favorecido por la normalización de los síntomas respiratorios en el contexto deportivo, así como por la tendencia a atribuir manifestaciones como la disnea, la tos o la opresión torácica al esfuerzo físico y no a una posible alteración respiratoria subyacente. Esta interpretación puede retrasar su reconocimiento y, en consecuencia, la instauración de un manejo adecuado. En este sentido, el reto actual no se limita al diagnóstico, sino que también implica promover una identificación sistemática de estas entidades en la práctica clínica del deporte de alto rendimiento. Para ello, resulta fundamental prestar atención a los síntomas referidos por los atletas y considerar la realización de evaluaciones objetivas cuando exista sospecha clínica. El reconocimiento precoz del asma y de la BIE es esencial no solo para preservar la función pulmonar y reducir el impacto de los síntomas sobre la salud, sino también para optimizar el rendimiento deportivo, favorecer la continuidad del entrenamiento y garantizar una mayor seguridad del atleta a largo plazo.
No se recibió financiación para la investigación, autoría y/o publicación de este artículo.
Declaro que no hay ningún conflicto de interés comercial o financiero para esta investigación.
Raquel García Hernáez: Redacción, revisión y edición
Declaro que no se ha utilizado ninguna herramienta de inteligencia artificial (como ChatGPT, Copilot, Gemini, u otras) en la redacción, análisis o revisión de este artículo.
Los datos que apoyan los resultados de este estudio están disponibles bajo petición al autor/a de correspondencia.
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